Miguel A. Torres: Cataluña – Tierra de grandes vinos

No podemos entender lo que significa Cataluña sin sus vinos. De la misma forma que no se puede entender el dinamismo económico de España sin la región de Barcelona, motor económico del noreste español, no podriamos entender la historia, la cultura y la per­sonalidad de Cataluña, sin sus vinos.

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El nombre de Cataluña siempre ha esta­­do ligado de alguna manera al mun­do del vino. De la misma forma que los grandes acontecimientos de la historia europea han tenido como te­lón de fondo los viñedos, en Cata­luña también podemos afirmar que sus viñas han sido el testigo mudo de la evo­lución y los avatares históricos de esta región europea.
La tradición vitícola de Cataluña se re­monta a más de 2.000 años atrás, con la llegada a estas tierras de la cultura griega y romana, difusoras y promotoras del cultivo de la Vitis Vinifera a lo largo de toda la vertiente mediterránea y de la elaboración de vino.
La Vitis Vinifera llega a Cataluña a tra­vés del puerto de Empúries, en el nor­­­te de la región, y de esta manera se di­fun­de por toda la Península. Se produce, así, un importante impulso productivo gracias a los pequeños asentamientos agrícolas que se fundan y que se dedican, casi de forma exclusiva, al cultivo del viñedo. Los romanos, que su­­pieron mantener el tono sagrado que, ya en su momento, le habían conferido los griegos, le otorgan, además, un va­lor eco­­nómico y dietético. De este mo­­do, a me­­dida que iban ganando territorios en sus gestas, plantaban estas tierras con­­quis­­tadas con cereales, olivos y viñe­­dos.
Se puede decir que, además de moldear el paisaje de Cata­lu­ña, sentaron los cimientos de la Dieta Mediterránea: pan, aceite y vino, base de la cocina catalana.

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Durante la Edad Media, la viticultura está estrechamente relacionada con la aparición de los nucleos eclesiásticos de las corrientes monasticas del Cluny y el Císter. Los monasterios funcionan como una especie de explotaciones agro­pecuarias, y los propios monjes tra­bajan las fincas y elaboran los vinos que necesitan para sus ceremonias religiosas. De estos asentamientos re­­li­­giosos surgen muchos de los grandes vinos catalanes. Su fama se ha mantenido a lo largo de los siglos y, aún hoy en día, los alrededores de estos mo­na­s­terios albergan viñedos cuyos vinos se siguen considerando entre los mejores de Cataluña. Algunos ejemplos serían los monasterios de Poblet, Santes Creus, Sant Pere de Roda, Sant Benet del Bages o Scala Dei.

Posteriormente, y ya situados a mediados del siglo XIX, la vitivinicultura catalana pasa por tres etapas de contenido bien diferenciado, aunque los límites cronológicos entre una y otra no sean claramente precisos. La primera etapa, caracterizada por la aparición del oídio y marcada por sus negativas consecuencias, abarca hasta 1860–1865; la segunda, considerada la edad de oro de la antigua vitivinicul­tura, es la eta­­pa comprendida entre a­quella plaga y la invasión de la filoxera; la tercera etapa tiene como características la reconstitución parcial del viñe­do destruido por la filoxera, y las crisis de sobreproducción y caída de los precios posteriores a 1891.
Hoy en dia, Cataluña es una de las zo­­­nas más apasionantes del viñedo eu­­ro­­peo. Su variedad de climas (debido a lo accidentado del territorio), su am­­­­plio parque ampelográfico (una gran parte del cual está aún por explotar) así co­mo su variedad edafologica ha­­cen de ella una zona especialmente dotada para la elaboración de vinos con mu­cho carácter. Comprende nueve de­­nomina­ciones de origen: Alella, Em­­pordà, Pla del Bages, Penedès, Conca de Barberà, Priorat, Montsant, Terra Alta, Tarrago­na y Costers del Segre, además de la DO Catalunya, una denominación de ori­gen más genérica, como la que disfrutan otras zonas del mundo (Burde­os, Borgoña) y que acoge una gran va­rie­dad de vinos que, con un denominador co­­mún, proceden de los múltiples microclimas de la región. La DO Ca­talunya ofrece hoy a muchos grandes vinos la posibilidad de lucir su luminoso origen mediterráneo. Son vinos que no reivindican su cuna en un pago o viñedo preciso, ni en una de las nueve DO específicas, sino que proclaman ex­clusi­vam­en­te su iden­tidad catalana, habitualmente basada en variedades muy tradicionales (garnacha, cariñena, monastrell, garró, samsó, y otras mas) de estos viñedos histór­icos.

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Los vinos catalanes afrontan los retos del siglo XXI con inquietud y con espe­ranza. El futuro para este mosaico de cooperativas, pequeños productores y grandes bodegas se refuerza con el tra­bajo y el esfuerzo realizado en las últi­mas décadas por potentes marcas re­conocidas en los mercados nacionales e internacionales. Los retos a afrontar en los próximos años pasan por una ma­yor difusión de nuestra historia vitivinícola, que nos permita dar a conocer nuestra cultura y nuestro pa­tri­mo­nio.

También se debe destacar el apoyo pres­tado por la vanguardista cocina ca­talana. El prestigio y la proyección in­ternacional que ha logrado nuestra gastronomía ha permitido a nuestros vinos entrar en los mejores restaurantes del mundo. El tándem catalán cocina- vino se ha convertido en un gran éxito en el mundo de la restauración, fruto de los esfuerzos de grandes profesionales.

MATVIÑA-2Nació en 1941 y se graduó en Ciencias Químicas en 1959 en la Universidad de Barcelona, especializándose en Enolo­gía y Viticultura en Dijón (Borgoña) en 1961. Desde 1962 es Presidente y Con­­sejero Delegado de la empresa fa­miliar. Miguel A. Torres escribió libros sobre vi­­ñas y vinos, dirigió la edición de la “En­­ciclopedia del Vino” para Orbis y ha re­­cibido varios premios.