Jordi Hereu i Boher: Barcelona – De la tradición industrial a la cohesión social

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Barcelona es una ciudad de una intensa y extensa tradición industrial, que ar­­ranca a mediados del siglo XIX, en principio centrada en el sector textil, pero rápidamente abriéndose a otras áreas de producción, desde la química a la me­­talurgia. La ciudad creció y se transformó detrás de este impulso eco­nómico, que la modernizó desde el pun­to de vista social y cultural, hasta el punto que, apenas llegado el siglo XX, Barcelona brilla con estilo propio en la arquitectura, en las artes, y en las artesanías: es el modernismo. Menci­o­no este momento tan creativo porque la ciudad sigue entendiendo su desarrollo económico como plataforma para proponerse otros objetivos, creativos y relacionados con la calidad de vida.

Permítanme continuar un momento más con este repaso histórico. El siglo XX representa la consolidación industrial de Barcelona, ya no como ciudad, sino como motor de un área metropolitana que abarca hoy unos tres millones de personas. La pujanza industrial se re­­­parte en este complejo sistema de ciudades que abarca unos 600 kilómetros cuadrados, y que se desarrolla en los años 60 y 70 del pasado siglo, con un entramado interesante de gran industria – presidido por la automobilística – y de pe­­­queñas y medianas empresas, que to­­davía hoy dan al perfil industrial del país su ca­racterística principal. Este desarrollo industrial es importante porque el último tercio del siglo XX marca la transformación de Barcelona en ciudad de servicios, si­­guiendo la es­­­tela de las ciudades eu­ro­peas clara­men­te postindustriales. La crisis del pe­tróleo y el auge del turismo son, en este caso, fenómenos complementarios, ya que lo que el primero ahoga, el segundo lo reflota. Pero la industria con­vencional, manufacturera, esas pe­­­queñas o medianas empresas, siguen adelante, porque tienen más flexibilidad – y mayor arraigo territorial – para capear las crisis y adaptarse a las nuevas realidades. De manera que el mercado laboral convencional sigue tan fir­me en Barcelona que hoy la ciudad tie­ne más puestos de trabajo que en ningún momento anterior de su historia. Ha superado el millón de trabajado­­res, cosa que explica, entre otros as­­pectos, la buena absorción de un 15 por ciento de po­blación inmigrada que ha llegado a la ciudad en los últimos cinco, diez años.

Hay un aspecto a resaltar, de una gran importancia. Mencionaba el movimien­to cultural modernista al hablar de la primera industrialización.
Pues bien: la creatividad cultural es precisamente uno de los grandes si­­g­nos de identidad de esta ciudad, y ha sido clave para desarrollar una industria cultural de gran peso. Edición y diseño son las puntas de lanza de esta creatividad, pero la ca­racterística se extiende a otras facetas de la actividad hu­­ma­na, de manera que en conjunto han supuesto un aterrizaje suave en las exigencias del siglo XXI, es decir, en la economía del conoci­mi­en­to, en la neo-industria del valor añadido.
Así que Barcelona enfila el nuevo siglo con una serie de ventajas que la sitúan en posición competitiva. Lo que hemos aprendido a partir de la tradición industrial, lo aplicamos a la nueva econo­mía. Pero mantenemos atributos tan in­­tangibles como ser una ciudad mediterr­ánea y una capital potente del sur de Europa, es decir, atributos geográficos que se han vuelto estratégicos. Si en el pasado esta posición en el mapa nos convertía en una ciudad de paso, hoy nos aprovechamos de nuestro ca­rácter abi­er­to para atraer tanto a visitantes como a directivos, inversiones y talento forastero. Un paseo por el antiguo barrio del Raval – no solo rehabilitado, sino tam­bién reciclado en laboratorio urbano – nos daría la medida de la ciudad cosmopolita, joven, mezcla de culturas y ac­­tividades, donde los ar­tistas de me­­dio mundo plantan su taller y los inmigrantes de la otra mitad del mundo mon­­tan su primer negocio, su primera tienda.
El reto de la innovación
El motor de la economía del siglo XXI es, sin embargo, la innovación. Inno­va­ción en la producción material y, sobre todo, innovación en el conocimiento y en la tecnología. Barcelona está avan­­zando en este camino con notable éx­­ito. Apo­yán­do­­se en su tradición, está des­­arrollando con creces el sector biomédico de la investigación, abriendo centros de excelencia vinculados tanto a la Universidad como a los principales hos­pi­tales públicos, a menudo con apo­­­yo empresarial. La investigación on­­co­­ló­gi­ca, genética, en células madre o en nue­vos fármacos de última generación nos están situando en el mapa del fu­­turo. Y esto es importante para quebrar la tradición española de “exportar ce­­rebros”: no sólo estamos recuperando a­quellos científicos que han culminado su formación en el extranjero, sino que aspiramos a atraer jóvenes investigadores foráneos para que desarrollen a­quí sus proyectos.
La ciudad tambien avanza en ciencia y tecnología. De hecho diversas empresas de primera línea mundial han decidido instalar laboratorios de investigación en Barcelona y su entorno. Las Uni­­versidades amplían sus capacidades con hitos tan fundamentales co­­mo un acelerador de partículas (en construcción) o la presencia del supercom­­putador Mare Nostrum, uno de los más po­tentes del mundo.
Esto es, claro está, la avanzada del co­­n­­ocimiento: desde aquí descendemos a niveles más corrientes, ocupando to­­dos los nichos de la producción, la creación y la utilización de tecnologías y contenidos. Especialmente en la in­­dustria audiovisual; no es casualidad que un equipo barcelonés de magos de los efectos visuales haya ganado un Oscar al mejor maquillaje en la penúltima edición de estos premios tan cotizados.

La cohesión social como objetivo
¿Por qué es importante todo esto para una ciudad, dentro de los parámetros del mundo global en que nos movemos? Porque genera recursos que permiten cumplir con la primera ley de las ciu­dades: acoger, brindar servicios, elaborar la compleja textura de lo que lla­­mamos “calidad de vida”. Las ciudades, que nacieron espontáneamente para optimizar los intercambios humanos, son hoy gestoras de bienestar. Y algo más: son responsables de la cohesión social. Por eso nos cuesta llamar “ciu­­dad” a las megalópolis interminables de los países en vías de desarrollo, don­de la gente se acumula en suburbios terribles. Hoy en día, mil millones de personas malviven en sub-ciudades, enormes y desestructuradas, en todo el mundo.
Las ciudades del bienestar son otra co­sa. Son una trama sutil de intereses, de oportunidades, de inter­cam­bi­os, de cul­turas, de experiencias hu­manas. En una palabra, de convivencia. Y para que es­te entramado funcione, es preciso garantizar la cohesión social a través de tres elementos: oportunidades – es de­cir, un horizonte seguro y estimulante, servicios a las personas y un espacio público de calidad que pueda ser compartido por todos sin discriminaciones ni violencias. Una ciu­­dad es un sistema de vida en el que todos deben sentir que forman parte de un proyecto co­lectivo, y esto sólo es po­sible si la ciudad cubre las necesidades básicas de los ciuda­danos y se o­cu­pa de proyectar sus su­e­ños al futuro.
Esta calidad de vida, que a Barcelona le ha sido reconocida a través de diferentes encuestas europeas, es lo que justifica que se pongan esfuerzo e imaginación en mantener el dinamismo eco­nómico, en definitiva la riqueza que de­be volver a los ciudadanos a través de ser­­vicios, equipamientos, espacios y ayu­da a aquellos que la necesitan. Cu­an­do la ciudad se humaniza, las personas son mejores. Y, por lo tanto, tam­bién es mejor el mundo en que vivimos.

JHereuGranJordi Hereu i Boher es el alcalde de Barcelona desde 2006. Tiene la licenciatura y un máster en Administración y Dirección de Empresas por la Escuela Superior de Administración de Em­­pre­­sas (ESADE). En cuanto a su trayectoria en el Ayuntamiento de Barcelona, Jordi Hereu ha estado vinculado a este desde 1997, año en que ocupó su primer car­­go de responsabilidad al ser nombrado gerente del Distrito de Les Corts.