Eusebi Casanelles i Rahola: Cataluña – Un país comercial e industrial

Cataluña no posee grandes recursos na­turales, ni grandes llanuras fértiles ni minerales como carbón. Pero a pesar de ello fue uno de los pocos lugares de Europa que fue protagonista a la vez de la revolución comercial de la Edad Media y de la revolución industrial de principios del siglo XIX gracias a la diná­­mica productiva de su sociedad.
Los orígenes de Cataluña se remontan a los condados Francos instaurados por Carlomagno, que alcanzaron su independencia a finales del siglo X. Durante la Edad Media, Cataluña, que era el territorio central del reino de Aragón, que ex­tendió sus dominios hacia Sicilia, Cerdeña y el sur de Italia, fue uno de los poderes más importantes del Me­­diterráneo. Su gran fuerza, a falta de recursos naturales, fue su tradición ma­­nufacturera y su cultura comercial. Adoptó muy rápidamente la rueda hi­­dráulica, que se aplicó a diversos procesos productivos a parte de moler grano, como en la fabricación del papel, en la obtención de hierros, en el bat­anado de la lana…
La situación de poder en el Mediter­r­áneo acabó definitivamente en el siglo XV. Las malas cosechas y la peste diezmaron la población, Barcelona perdió el 60 % de sus habitantes.

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La muerte del rey sin descendientes, las guerras civiles, la ocupación del Me­­­diterráneo por los turcos acabaron de arruinar el país… En esta situación se unió al floreciente reino de Castilla, aunque con­tinuaban siendo dos reinos diferentes.

En el siglo XV hubo una gran repoblación por parte de occitanos y al final del siglo XVII hubo un resurgimiento económi­co. Los comerciantes holandeses vinie­ron a buscar alcoholes catalanes para sustituir los de Francia, ya que estaban en guerra, y con ellos se inició un comercio con el norte de Europa, que después de la guerra continuó. En este siglo la agricultura se especializó en el cultivo de la viña y fomentó una importante industria del aguardiente, que fue una de las bases más importantes de la economía catalana durante casi dos siglos. Se crearon compañías que no fueron grandes sino familiares, pero iniciaron un co­­mer­cio con el norte de Europa que dio otro impulso a la economía.
A pesar de la incipiente recuperación económica, el siglo XVIII empezó mal. Se declaró la Guerra de Sucesión, y Ca­­­taluña se alineó con el rey Carlos de Habsburgo. La paz de Utrecht (1713) otorgó el reino de España a Felipe de Borbón, que unificó los dos reinos, el de Aragón y de Castilla, e impuso las leyes y la lengua castellana. Seguida­mente im­­plantó una amplia represión y Cataluña perdió su identidad política.
A pesar de todo, el resultado económico de este proceso no fue negativo. La supresión de la frontera entre los dos reinos posibilitó la abertura de un mer­cado comercial mucho mayor de 7,5 millones de habitantes frente a los me­­nos de 500.000 de Cataluña. La pos­terior abolición del monopolio com­er­ci­al con América, que ostentaba el puerto de Sevilla, permitió a los barcos catalanes entablar una relación di­­­recta con aquel continente. Así mismo hubo una extensión de los cultivos y una me­­jora en su producción, que proporcionó excedentes para ex­­portar al resto de España y a América. A ellos se habí­an de sumar productos manufacturados, como objetos de hierro, papel, vidrio, zapatos y naturalmente tejidos de lana y de seda de calidad. En este siglo se introdujo el algodón, proveniente primero de Malta, cuya industria dominaría la industria catalana. El de­­creto de prohibición de importación de tejidos estampados por parte de Felipe V fo­­mentó la industria de pintados de tejidos de algodón y lino (indianas). La primera fábrica se creó en Barcelona en 1737 y a finales de siglo, la ciudad se convirtió en la primera ciudad europea en este tipo de industria, tal como lo afirma el historiador James Thom­son. Con esta situación económica, du­­rante este siglo la población catalana duplicó y en 1787 era de casi 900.000 habi­tantes, casi el doble de 1717.

La guerra contra Inglaterra del final del siglo XVIII, y luego la napoleónica, provocaron un desastre, durante largo tiem­­po no se pudo exportar por mar, se des­truyeron centros productivos e in­­fraestructuras y lo peor fue la reacción conservadora posterior de Fernando VII (1814­–1833) que dificultó el desarrollo, industrial. No fue hasta el reinado de la Reina Isabel, que se instauró el régimen liberal, que se pudo reemprender el pro­­­ceso industrial, aunque este no se había parado nunca totalmente. En 1832 se instaló la primera máquina de vapor en la fábrica la Bonaplata, que se ha convertido en el símbolo del inicio de la industrialización. A partir de este mo­­mento el crecimiento industrial, liderado por el sector textil algodonero, fue imparable.


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La industrialización se realizó en un país inestable, España, que le costaba modernizarse. La colonias americanas se fueron perdiendo y tampoco el mercado interior, dominado por una economía basada en una agricultura técnica­­­mente muy atrasada, sometida a largos períodos de sequía, era muy fiable. A todo ello se debe añadir la falta de materias primas, sobre todo carbón, que se tenía que importar de Gales. Por estos motivos la demanda política de los industriales catalanes se centró en la adopción de medidas proteccionistas para así poder competir dentro del país con productos extranjeros.
Había siempre un descontento del mun­­do industrial, que veía el gobierno agrarista poco inclinado a fomentar la in­­dus­tria, lo que provocó un eterno des­­con­tento por parte de la burguesía ca­­­­talana. La industrialización significaba modernidad y, junto con el advenimiento de las corrientes románticas, que habí­an sido reprimidas por el rey Fernando VII, re­­nació la idea de Cataluña como identidad cultural con una lengua propia, que nunca se había dejado de hablar. Pero también la industrialización produjo unos fuertes vínculos personales, políticos y económicos con el resto de España.

Los industriales catalanes que habían confiado en la fuerza del vapor para mover sus fábricas textiles hubieron que buscar la alternativa más barata de la fuerza hidráulica y, por ello, construyer­on fábricas con sus poblados obreros allí donde había un desnivel de agua. Hoy Cataluña posee el mayor nú­­mero de colonias industriales de Eu­­ropa que constituyen un patrimonio úni­­co.

En el último cuarto de siglo XIX se in­­dustrializaron casi todos los sectores productivos, y un periodista de Madrid, después de una visita, escribió que Ca­­­taluña era la fábrica de España. La gran frustración fue no poder desarrol­lar el sector siderúrgico por falta de hierro y de carbón, este sector fue casi monopolio del País Vasco. Fue en esta época cuando la burguesía promocionó el modernismo. A final de siglo, la población de Cataluña se había doblado lleg­­ando a dos millones.

En 1912 se construyeron las primeras centrales hidroeléctricas del Pirineo, con las que se solucionó parte del problema energético. En las primeras décadas el país diversificó su producción; se crearon industrias de un nuevo sector, que ejercería de puntero suplan­tando al agotado textil: el de construcciones metálicas y eléctricas. También se inici­­aron explotaciones mineras tipo industrial, se produjo cemento y acero con hornos eléctricos y se desarrollaron las industrias de consumo. También en este período se instalaron por primera vez empresas de capital extranjero, como AEG, Siemens, Hispano Olivetti…

Políticamente en 1914 se consiguió que el estado aprobara una institu­ción llamada Mancomunidad, que tenía ciertas competencias a nivel de toda Cataluña. Hizo una gran labor: creó muchos servi­cios, mejoró muchas infraestructuras de comunicaciones, de cultura y de educación, entre las que hay que destacar la Escuela Industrial.
La Mancomunidad fue abolida en 1923 por el dictador Primo de Rivera, pero en 1931 con la República se creó el primer gobierno autónomo de Cataluña. En aquel­los años la industria estaba madura y algunas empresas, como la Hispano Suiza, estaban preparadas para competir con otras europeas, pero los sucesos de la re­púb­lica, la guerra y la posguerra truncaron estos proyectos y el país se sumió en unos años de repre­­­sión y de aislamiento. Al final de la Guerra, diversas industrias fueron desmantela­das y trasladadas al centro pe­­­ninsular. Al igual que a principios del siglo XIX, se perdieron 25 años de progreso. El Plan de Estabilización de 1959 supuso un cambio de mentalidad económica del régimen franquista, que hasta en­­tonces se había basado en la autarquía y hubo una cierta liberalización que coincidió con el desarrollo económico de Europa. La decisión de la empresa FIAT de implantarse en Barcelona (SEAT) supuso la aparición de otro gran motor de la industria catalana de la segunda mitad del siglo XX, que impulsó la indu­stria electromecánica y electrónica de consumo.

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La crisis de los años setenta mostró las fortalezas y flaquezas de la indu­s­­tria catalana. Basada en pequeñas y medianas industrias, estaba muy diversificada, su punto favorable era que era flexible y adaptable a nuevas circuns­t­ancias y tenía un dinamismo. Los pun­tos débiles fueron la imposibilidad de concentrar empresas para crear otras de más volumen y la pervivencia de una cultura proteccionista. La no exi­stencia de grandes industrias que ejer­cieran un liderazgo y la no consolidación de un gran sector especializado le hacían muy vulnerable a la competencia extranjera. A ello se había de añadir la poca fuerza del sector financiero y la poca actividad investigadora e inno­va­dora propia de la industria catalana, que en cambio siempre había absorbido las innovaciones que venían de fuera.

La entrada en la Unión Europea moder­nizó el tejido industrial, que por pri­mera vez estaba en una situación de libre competencia, aunque ello supuso la desaparición de muchas empresas y la absorción de otras. Hubo un gran optimismo, que quedó simbolizado en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92 que, siguiendo el ejemplo de los dos eventos internacionales anteriores, ree­structuró el urbanismo, pero esta vez de toda la ciudad.

Cataluña sigue siendo una gran re­gión industrial dinámica y además se ha con­­vertido en una potencia turística. Su gran reto es si podrá mantener una posición fuerte en el sector industrial y de la innovación en un mundo globalizado para poder ser también protagonista destacado de la revolución económica que se está produ­ciendo en el siglo XXI, tal como lo fue en la de la edad media y en el siglo XIX.

Casanelles-EusebiEl autor nació en 1948. De 2000 a 2006 fue presidente del Comité Internacional para la Conservación del Patrimonio Industrial. Fue director del Museo de Ciencia y Tecnología en Cataluña por más de 23 años. Eusebi Casanelles ha ofrecido charlas en diversos congresos y ha publicado innumerables artículos.